domingo, marzo 23, 2003

EL ODIO

"Lo verdadero es demasiado sencillo, pero siempre se llega a ello por lo más complicado". Sand, George (1804-1876).

El odio es una relación virtual con una persona y con la imagen de esa persona, a la que se desea destruir, por uno mismo, por otros o por circunstancias tales que deriven en la destrucción que se anhela.

El odio a determinada persona se niega muchas veces por parte del sujeto que odia, pero esto es una falacia: se rechaza odiar por cuestiones de autoestima y morales, pero eso no niega, antes al contrario, la existencia del odio, es decir, del deseo de destrucción de la persona odiada.

Odiamos a todo aquel que consideramos una amenaza a la integridad de una parte decisiva de nuestra identidad, es decir, de nuestra estructura como sujeto. Aristóteles diferenciaba la agresión que tiene lugar en el odio con la que acaece cuando somos presa de cólera a o de la ira, porque ésta puede coexistir, durante o después de la descarga colérica e iracunda con la compasión por el objeto. En el odio, no. En el odio no hay lugar para la compasión: es un proceso de relación con el objeto que lleva consigo la instancia progresiva a la destrucción del objeto directa o indirectamente, empírica o virtualmente.

Hay muchos objetos que amenazan nuestra integridad. Pero basta con que nos apartemos de él, que nos alejemos del contexto en el que aparece dicho objeto para que la amenaza cese. El objeto odioso, sin embargo, pertenece a nuestro mundo, hemos de convivir con él, y la amenaza es constante, lo es incluso su mera presencia. Nos agredió y nos agrede en una parte decisiva de nuestra constitución como sujetos, por ejemplo, nos ha deparado una herida a nuestra estima, es decir, un atentado narcisista. Odiamos con la pretensión de que nuestra identidad esté a salvo de aquel objeto que la amenaza. El odio va in crescendo, parece no tener salida, se acumula más y más.

¿Qué ocurre por lo que respecta al sujeto que odia y en su relación consigo mismo?. Aunque no se reconozca, en un intento de salvaguardar su imagen ante uno mismo, cuando se odia se muestra ante los demás y ante uno mismo una suerte de impotencia frente al odiado. No se odia a quien se considera inferior. Nadie realmente inferior es una amenaza.

Es inimaginable que alguien que se acepte a sí mismo sin problema alguno, que asuma sus propias limitaciones, y que al mismo tiempo odie. El reconocimiento de la impotencia frente al odiado tiene necesariamente que traducirse en una inaceptación de sí mismo, cuando menos en una parte de él, del sujeto, aquella en la que el odiado nos refleja nuestra debilidad. El odio a los demás exige el previo autodesprecio. El sujeto que odia es impotente, pero no sólo para la destrucción del odiado sino para subsistir compatiblemente con él.

El propósito del odio es la destrucción del odiado. Este propósito es, las más de la veces, algo que no pasa del ámbito del deseo y la fantasía. Pero aun así y como forma de destrucción menos comprometida, se exterioriza mediante la palabra, mediante el discurso. No podemos acabar materialmente con el objeto odiado, pero cuando menos podemos contribuir a su menoscabo sin que de nuestras acciones se derive un perjuicio para nosotros. La difamación, la calumnia, la crítica malévola son formas de destrucción relativa del objeto odiado que se pueden llevar a cabo sin demasiado riesgo. Lo ideal para el que odia es destruir al objeto odiado sin que a él le pase nada.

Aun así, odiar tiene su precio. Constituye el paradigma del sentimiento patológico. No consigue lo que se propone: desvincularnos del odiado sino que se introduce en nosotros mismos definitivamente. El sujeto que odia termina por odiarse a si mismo cada vez más, por su impotencia, cada vez más relevante, ante el objeto que odia. Odiar es odiarse, aunque el odio hacia si mismo tiene más de autodesprecio.

El que se defiende de su odio puede desarrollar el contrasíntoma del amor (de la defensa) a otros, tanto más formalmente representativo cuanto más intensa era su necesidad de odiar. Pero no deja de ser un amor impuesto.

El odio que surge en nuestra relación con el otro es fruto de esa insufrible insatisfacción de sí mismo que el odiado nos pone ante nuestros propios ojos. Nadie satisfecho de sí, puede odiar, como nadie que se sienta seguro puede sentir miedo. Pero muchos odios se curan cuando el que odia obtiene un éxito que le confiere autoestima. Desde la autosatisfacción, se perdona a nuestros enemigos y se carece de la necesidad de fabricarlos.